Alrededor del siglo X, en Powys, actual Gales...
Glyndwr ap Rhys, un pequeño caudillo galés dialogaba con su hijo Ithel al calor del fuego de su casa, mientras
sorbían aguamiel caliente de un par de cuencos de barro.
"Hijo, las tribus cimry nos unimos de nuevo contra
un enemigo común, algo que no pasaba desde tiempos de nuestros
ancestros, los tiempos de leyendas en las que el gran caudillo nos guió
en contra de nuestros enemigos sajones en la batalla
del Monte Badon.
Soy viejo para liderar todas mis tropas, apenas
puedo combatir a pie, pero encima de mi caballo aun puedo aplastar
enemigos. Por eso, hijo mio, te pido que comandes a nuestros priodaur a
la victoria cuando yo no pueda. Eres joven, fuerte,
y has sido educado para ser mi heredero. Nunca dudes de tu capacidad
para el liderazgo, y si algún uchelwyr lo hace, demuestra que se equivoca con tus valerosos actos y tu capacidad de mando. Si ni aun así te acepta como líder demuestra que llevas la razón y la sangre de nuestros nobles antepasados partiéndole la cabeza con tu espada.
Mañana cuando despunte al alba despídete de tu
mujer y de tus hijos, partimos a la batalla acompañados de nuestras
tribus vasallas. Tú cabalgarás a mi lado y todos verán quién me
sustituirá al mando si caigo en combate.
Brindemos por ello, hijo mio, y que Jesucristo nos guarde en la batalla."



