lunes, 24 de octubre de 2011

Diario de Campaña de Baalthor Estrellalejana, de la Marca del Este, clérigo de Hendricks (IV)

Que Hendricks me perdone, creo que ayer me pasé con los licores. He despertado en mi habitación con un terrible dolor de cabeza y sin apenas ganas de desayunar. Al menos mi bolsa y mis enseres están bien, y no me han robado... Seguramente Rata no estaría por las cercanías. Tras bajar de mi habitación a tomar un té y algo de pan tierno, y comprobar que mi estómago lo retenía, no sin cierto esfuerzo, he decidido subir de nuevo a la habitación para finalizar el relato de nuestras desventuras...

Recordemos que estaba en aquél pasillo sin apenas luz, enfrentado a un sacerdote oscuro con la cara desencajada por el odio y armado con una maza más grande que mi pierna. Su intención era claramente acabar el combate de una vez, aprovechando que yo había perdido mi arma, y estaba equipado únicamente con mi escudo, cuyo uso en ese momento era tanto defensivo como ofensivo. Mi amigo Rata había huido presa del terror ocasionado por la tétrica salmodia del clérigo, y me encontraba solo ante él.

Con un grito imbuido de aversión y locura, aquella oscura figura me atacó con toda su fuerza y rabia. Me defendí como pude de su ataque con mi escudo, del cual saltaron virutas por todos los lados. Mi defensa no iba a aguantar muchos más envites de semejante fuerza, y entonces empecé a temer realmente por mi vida. Sin la ayuda de Rata, sin un arma en la mano, y herido, no sé cuánto tiempo podría resistir. Intenté golpearle con el escudo, pero su agilidad era considerable, y mis ataques demasiado lentos. Me sentía cansado, débil, sin esperanzas, mientras que a mi enemigo se le veía confiado y seguro de sí mismo, pese a tener una brecha en la frente de la que manaba sangre de forma continua. Una y otra vez su maza caía sobre mi escudo con una fuerza inusitada, hasta que tuve que hincar la rodilla, totalmente desequilibrado por los fuertes golpes. El escudo estaba a punto de romperse y mi voluntad también... en ese momento no esperaba salir de allí con vida. Pero Rata reapareció a la espalda del tétrico personaje y, agarrándose a su cuello consiguió clavarle su daga, pero desgraciadamente no fue suficiente... De un golpe, el clérigo se deshizo de Rata, que cayó al suelo con un fuerte golpe, sólo para, unos segundos después, recibir un tremendo impacto de la maza en el pecho. Me temí lo peor, de la boca de Rata salió un gran chorro de sangre, y quedó inconsciente en el suelo. La rabia se apoderó de mí al ver a mi compañero, a mi mejor amigo, moribundo en el suelo, y sacando fuerzas de flaqueza y clamando venganza, me levanté, agarré los restos de mi escudo con las dos manos, y golpeé a nuestro enemigo con todas mis fuerzas en la cabeza. El escudo se desintegró en varios fragmentos, de la misma forma que la cabeza de aquél sacerdote oscuro, que cayó al suelo con el cráneo hendido por el golpe...

Sin preocuparme por otra cosa que no fuese Rata, me abalancé hacia su cuerpo... Apenas si respiraba, y su corazón estaba a punto de pararse. Recé a Hendricks para que me diese fuerzas para sanar a mi amigo, y comencé a vendar y entablillar su cuerpo. Conseguí detener las hemorragias, y la fuerza de mi dios fue suficiente para curar a Rata. En cuanto sus ojos comenzaron a abrirse, una sonrisa apareció en mis labios, feliz porque mi compañero había esquivado una vez más a la muerte. Necesitábamos descansar, así que volvimos a la estancia donde había dejado la armadura, atranqué la puerta como pude, y descansamos un poco para recuperar fuerzas. Derramé una buena cantidad de vino en honor a Hendricks, agradeciéndole su ayuda en la batalla, y especialmente el haber sanado a Rata, y comí unas pocas raciones de viaje. Rata, por su lado, apenas si se limitó a beber agua, y a roer algo de pan, y se quedó dormido por un rato.

Tras despertarse, ya se encontraba mejor, y estaba animado para seguir adelante en nuestra exploración. Desatranqué la puerta, y recordé que mi maza estaba perdida por algún sitio. Con la antorcha en la mano, me puse a buscar en todos los lados, hasta que la encontré, es una esquina... ¡Al menos no estaba rota! Mientras, Rata había vuelto a su ser, y ya estaba examinando a los cadáveres y guardando cualquier cosa que fuese de utilidad  en sus bolsas. Una vez que rata termino de vaciar bolsillos, nos adentramos en la estancia de donde surgió el maldito clérigo, y nos encontramos con una visión aterradora. Artefactos de tortura, con evidentes señales de haber sido usados recientemente cubrían casi toda la estancia, e impías imágenes, varias dibujadas con sangre, adornaban las paredes. Aterrorizado y asqueado por lo que estaba viendo, recé a Hendricks pidiendo que purificase la maldad de aquel sitio. Rata, mucho más práctico, ya estaba rebuscando en estanterías y arcones cosas de valor sin mucho cuidado. Mis plegarias fueron interrumpidas por un grito... una serpiente estaba enroscada en el brazo de Rata, y éste parecía petrificado. El animal saltó y se dirigió hacia mí, con intención de morderme, pero no lo consiguió. Tras esquivarla, conseguí, pisar su cuerpo, y una vez inmovilizada, acabé con ella aplastando su asquerosa cabeza de un pisotón. Me acerqué a Rata, y comprobé que estaba petrificado por el veneno de la serpiente. Rebusqué entre los botes y las pócimas que había en la estancia, por si encontraba un antídoto contra el veneno, pero no fue así... Desde luego no era el día de Rata, seguía vivo de milagro, y ahora estaba paralizado por completo. Afortunadamente pocos minutos después Rata comenzó a moverse, y recuperó la movilidad por completo. 'Una serpiente en el... en el cofre, una serpiente... ¿Se puede saber qué descerebrado guarda una serpiente en un cofre? Hay que ser idiota...' gritó desesperado. Creo que estaba harto de la aventura, y se arrepentía de haberse embarcado de ella.

Tras terminar de saquear la estancia (estaría harto de ese sitio, pero no era tonto), decidimos terminar de examinar el resto del sótano. Seguimos por aquél pasillo que terminaba varios metros después, y vimos tres celdas a la derecha. Todas idénticas, y con un cofre en cada una. A Rata se le iluminaron los ojos, y creo que olvidó al momento cualquier recuerdo de serpientes, locos con mazas, y kobolds asesinos y sólo imaginaba la cantidad de riquezas que aquellos cofres podían atesorar. Sacó unas pequeñas llaves de su bolsillo, y consiguió abrir todas las celdas. No sé de dónde las sacó, ni cómo sabía dónde usarlas, pero es Rata... Siempre me sorprende con esas cosas. Le dejé hacer mientras examinaba la zona... me había parecido notar una pequeña corriente de aire, y pensé en alguna puerta secreta, o algo por el estilo que se nos hubiese escapado. Mientras examinaba infructuosamente el pasillo, y las estancias contiguas oí maldecir a Rata. 'Pero bueno, un cofre con una trampa complicadísima, y otro con una trampa mágica. ¿Cómo se supone que la gente de nuestra profesión puede hacer el trabajo en semejantes condiciones? ¿Cómo diablos voy a poder abrir esto? Está claro que tiene que haber grandes tesoros aquí dentro si el contenido es directamente proporcional a la trampa que los guarda...' Creo que estábamos agotados física y mentalmente, y no regíamos con la suficiente agilidad mental porque nuestras siguientes ocurrencias son dignas de un relato de humor. Uno de los baúles, que supongo sin trampa, estaba ya saqueado, y los otros dos, impolutos esperaban a ser abiertos. '¿Y por qué no los intentamos cargar en Francis y nos los llevamos a Robleda? Allí alguno de tus amigos podrá ayudarnos a abrirlos' Por supuesto Rata se negó... En su profesión no había 'amigos' y lo quería todo para sí, así que se nos ocurrió lo siguiente. Mover el cofre con la trampa mágica no nos convencía. La magia es inestable, y quién sabe cuándo se activaría. El otro cofre en cambio tenía una trampa mecánica estándar, aunque complicada. Cogimos el cofre, subimos las escaleras por donde nos caímos ambos, y desde arriba lo lanzamos para que se rompiera lejos de nosotros, a salvo de la trampa. De nuevo, un gran error, se produjo una explosión que nos tiró hacia atrás y, por supuesto, volvimos a caer rodando por las escaleras. Mi espalda se volvió a resentir... Desde luego, hay que ser tonto, no se nos pasó por la cabeza que podía ser una trampa explosiva, así que prácticamente todo lo que había dentro estaba destruido... unas pocas monedas de oro y de plata aguantaron la detonación, pero el resto de las cosas quedaron destrozadas. Rata no parecía muy preocupado, había oro suficiente para cumplir sus expectativas. Después, aún algo aturdidos, nos dirigimos hacia la celda del cofre de la trampa mágica. Estoy convencido que los efluvios de aquellos líquidos que encharcaron el suelo tras la explosión, nos nublaron el pensamiento porque nuestra idea fue atroz... Establecer un reguero de licor desde el pasillo hasta el cofre, para que este ardiese, se deshiciese y se perdiese el hechizo. Nosotros esperaríamos con una barrica de agua que encontramos en una de las estancias, listos para apagar el fuego antes de que consuma los objetos del interior. He de decir que no era nuestro día y, por supuesto, todo salió al revés... Hubiéramos hecho mejor en largarnos de allí y volver a Robleda y dejar los cofres intactos... ¿Quién podía imaginarse que dentro de aquél cofre iba a haber algún elemento explosivo? Pero si, así fue... prendimos fuego al licor, esperamos unos pocos minutos hasta asegurarnos que el cofre estaría deshaciéndose, y nos acercamos hacia la celda con el tonel en los brazos, dispuestos a apagar el fuego antes de que los objetos en el interior del mismo se perdiesen. Todo fue inútil (además de nosotros, que somos muy inútiles)... Algún producto inflamable o explosivo se calentó demasiado y explotó... Decenas de monedas volaron como metralla y se clavaron en la pared, aunque afortunadamente ninguna nos alcanzó. Rata y yo caímos al suelo, junto con el barril, el cual reventó al tocar el suelo, y nos bañó de agua fria. Ya sólo me faltaba coger un resfriado... La celda estaba en llamas, pero Rata aún creía que podía sacar algo en limpio... Si algunas monedas habías salido volando, muchas más debían quedar dentro, así que buscamos otra barrica de agua y apagamos el fuego. Yo me di por vencido, ya habíamos hecho suficiente el ridículo, y me senté a descansar. Rata, en cambio, sacó una bolsa vacía y se propuso llenarla de todo lo valioso que encontrase... 'Maldición, demonios, están aún calientes. ¡Queman!' gritaba mientras oía el tintineo de las monedas al chocar entre ellas. Luego le vi, daga en mano, intentando desincrustar las monedas de las paredes, una a una y meterlas en la bolsa...

Desesperado por la terquedad de Rata, le dejé en sus menesteres, y me fui a preparar la armadura para llevármela. 'Cada loco con su tema' pensé... Logre empacarla en un gran saco que encontré, y le pedí ayuda a mi compañero para cargar con ella hasta Francis. Si el mulo conseguía llevar todo el peso hasta Robleda, iba a disfrutar de un par de días a todo lujo el pobrecito. Y así nos fuimos de allí, aunque con la sensación de que algo quedaba atrás. Estoy seguro de que alguna parte se quedó sin explorar, pero no fuimos capaces de descubrir.  De todas formas, teniendo en cuenta el ridículo que hicimos, nos tenemos que conformar con salir con vida de aquél agujero.

Hemos aprendido lo suficiente de esta aventura como para no arriesgarnos a ir de prepotentes en la siguiente. Ambos estuvimos a punto de perecer en el sótano de aquél torreón derruido, y es una experiencia que no quiero repetir. Seguiré defendiendo el bien, y castigando la maldad allí donde vaya, pero con la suficiente cautela para no arriesgar la vida tontamente.


Veremos dónde nos llevan nuestros pasos en nuestra próxima aventura… Seguro que Rata escuchará en breve algún rumor que nos llevará a las fauces de un dragón, pero mientras tanto, disfrutemos de una buena comida ahora que mi estómago vuelve a la normalidad. Ahora es momento de ir al mejor herrero de la ciudad a que adapte esa armadura a mi fornido cuerpo, luego veremos donde nos llevan nuestros pasos…