martes, 13 de septiembre de 2011

Diario de Campaña de Baalthor Estrellalejana, de la Marca del Este, clérigo de Hendricks (I)


Una vez más 'Rata' (su verdadero nombre es Otto Sangreoscura, pero Ratero, o Rata es más adecuado) y yo hemos salido vivos, pero no indemnes, de una de nuestras aventuras. Ese maldito torreón estaba infestado de kobolds... Kobolds y esos extraños túnicas negras que nos lo pusieron bastante difícil. 

Nos encaminamos a primera hora de la mañana hacia el torreón derruido, del cual habíamos oído muchas habladurías: desde que estaba encantado, hasta que un dragón custodiaba un enorme tesoro. 'Rata', como siempre, en cuanto escuchó en la posada la palabra tesoro olvidó dragón y encantado y se puso pesado... Muy, muy pesado hasta que accedí a ir a investigar el lugar. Tengo cariño a ese ladronzuelo desde el día en que me salvo la vida... para robarme mi bolsa de oro, claro está, pero me la salvó al fin y al cabo. Al menos, cuando le pedí mi bolsa de vuelta, varias veces y las últimas de forma bastante insistente y agresiva, me la devolvió, aunque con algo menos de peso. 

En definitiva, cargamos nuestros bultos en Francis, mi precioso mulo, y nos pusimos en camino. El pequeño torreón, en un lugar no del todo accesible, se encontraba en bastante mal estado, abandonado hace décadas e invadido por la sucia vegetación del pantano en el que se encuentra. Una vez cerca del mismo dejamos a Francis en un lugar protegido, nos pusimos el equipo, y nos preparamos para entrar... 

La puerta de acceso al interior estaba abierta, desencajada de sus goznes, y daba a un pasillo sucio, lleno de escombros e iluminado a través de los agujeros que había en el techo. Al fondo del pasillo, vimos un portalón cerrado. 'Una puerta cerrada siempre invita a entrar' comentó Rata con su típica sonrisa de pícaro, mientras sus ojos brillaban como el oro que tanto ansía. Entramos en el pasillo, y Rata, susurrando, me dijo que se sentía observado... Para variar, no le hice ni caso, 'aquí no hay nadie' me dije y, una vez más, metí la pata. Debería dejar de pecar de confiado de una vez, porque vamos... últimamente salimos vivos de milagro después de alguna de mis torpezas.  

En la parte izquierda del pasillo, había dos estancias vacías, aunque llenas de cascotes y escombros... No encontramos nada interesante por allí así que nos decidimos por abrir el portalón. Pese a que lo hicimos con cuidado para evitar los problemas habituales, pasó lo de siempre: Una flecha pasó por encima de Rata y se clavó en mi cota de escamas a la altura del pecho. Cualquier día de estos la flecha va a clavarse un poco más arriba, y vamos a tener un disgusto. Parapetados tras unas cajas, unos bichos feísimos (y que no olían a rosas precisamente) nos disparaban con arcos, así que elevé una plegaria a Hendricks y en cuanto Rata se apartó del umbral de la puerta cargué como un poseso contra las criaturas. La primera, en la frente... en la frente del bichejo que tenía más cercano incrusté mi maza, mientras recibía flechas por todos los lados. Rata a su vez se dedicaba a dar estocazos a diestro y siniestro, sin demasiada efectividad. 'Maldición, parece que más que matar a los kobolds, les torturaba sin piedad, haciéndoles cortes por aquí y por allá pero sin acabar de rematarlos' comentó a la vuelta del torreón.

Tras unos cuantos lances, más o menos afortunados, logramos hacer retroceder a los apestosos kobolds, y tomamos posición cubierta tras las cajas. Rata preparó su ballesta, yo mi honda y comenzamos a acribillar a los apestoso bichos… O ellos a nosotros… La estancia se  hacía muy amplia tras las cajas, y los kobolds habían tomado posiciones al fondo de la misma y no paraban de lanzarnos proyectiles con sus pequeños arcos. Además, mientras nos dedicábamos a esquivar proyectiles y lanzar los que podíamos, los bichos que habían huido consiguieron reagruparse y volvieron a la carga. Para cuando me di cuenta de que estaban ya a mi lado, empuñando sus pequeñas espaditas, Rata había desaparecido intentando flanquear a los tiradores, y yo no tenía ningún arma con la que atacar a los kobolds. Darles ‘latigazos’ con la honda no parecía una buena opción, y no tenía tiempo de sacar la maza, así que hice lo más lógico, lo que cualquiera hubiera hecho en mi posición… ¡¡¡Me lié a ostias con el escudo!!! La verdad es que se convirtió en la mejor arma del día, pero eso es adelantar acontecimientos… Al primer kobold le hundí la crisma de un solo golpe, pero los siguientes fueron más complicados. Mientras, y de esto me enteré más tarde, Rata seguía ‘torturando’ a sus víctimas, incluido un nuevo enemigo, lo que luego supusimos que se trataba de un hechicero vestido de negro. Para cuando terminé con los kobolds que me atacaban, los cuales hicieron un par de agujeros en mi armadura, Rata ya estaba ‘examinando’ los cadáveres. En vez de ayudarme, se dedicaba a saquear, aunque hay que reconocer que estaba demasiado malherido como para ser útil en combate. Cuando nos reunimos, intenté sanarlo, rezando a Hendricks para que me diese la fuerza para hacerlo, y parece que me ayudó, la verdad sea dicha.

Logramos descansar en una estancia bastante cómoda, anexa a la gran sala donde se produjo el combate, con una cama, una bañera (eso sí, llena de mugre) y un par de cofres que mi amigo se encargó de ‘examinar’ cuidadosamente. Me senté en la cama, y saqué un poco de cecina de potro y mi cantimplora con vino y almorcé… ¡Las batallas dan hambre! Derramé un poco de vino en honor de Hendricks... a mi dios también le gusta beber un poco de vez en cuando…

Bueno, dejo aquí el relato por ahora, Rata ha vuelto de examinar los alrededores, mientras hacíamos una pequeña parada para descansar y tomar fuerzas… Aún nos quedan un par de horas para llegar al pueblo. En la posada terminaré la narración, con una buena pata de cerdo y una gigantesca jarra de cerveza para acompañarla… Se me hace la boca agua con sólo imaginarlo…